Ginebra, 1866: Primer Congreso





El Primer Congreso de la Internacional estuvo reunido desde el 3 hasta el 6 de septiembre. Su orden del día tenía bastante similitud con el temario que los franceses habían publicado el 18 de julio en L' Avenir National y constaba también de once puntos:

1. Combinación de los esfuerzos, por medio de la Asociación, para la lucha entre el Capital y el trabajo.

2. Reducción de las horas de trabajo.

3. Trabajo de las mujeres y de los niños.

4. Sociedades Obreras, su pasado, su presente y su porvenir.

5. Trabajo cooperativo.

6. Impuestos directos e indirectos.

7. Institucional internacional del Crédito.

8. De la necesidad de extirpar la influencia rusa en Europa, por la aplicación del derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos y la reconstrucción de una Polonia sobre bases democráticas y sociales.

9. De los ejércitos permanentes en sus relaciones con la producción.

10. De las ideas religiosas, su influencia sobre el movimiento social, político e intelectual.

11. Establecimiento de sociedades de socorros mutuos; apoyo moral y material a los huérfanos de la Asociación.

Asistieron unos 60 delegados de los cuales 33 eran suizos. El otro núcleo numeroso fue el francés con 17 delegados, once de los cuales representaban el Bureau de París. Por parte del Consejo General se hallaban presentes seis miembros; Alemania estaba representada por tres. Entre la numerosa representación suiza había que contar algunas delegaciones afiliadas al Congreso pero no a la Asociación.

Estos guarismos hacen decir a G. D. H. Cole que el Congreso de Ginebra -y el del año siguiente en Lausana- fue una reunión franco-suiza. Inglaterra, ya lo hemos dicho, estimaba la Internacional como algo secundario y su papel, a lo largo de la efímera historia de la Asociación, fue el del freno que detenía los impulsos entusiastas de las demás secciones del Continente. Marx, por su parte, prefería trabajar en el laboratorio y no en el ágora y tampoco se personaba en los congresos: Yo no he podido ir, ni he querido tampoco pero he sido el que ha redactado el programa de los delegados de Londres, le escribirá a Kugelmann el 9 de Octubre.

Los franceses, que querían una asociación genuinamente obrera plantearon de nuevo lo que ya fuera motivo de debate en la conferencia de Londres en septiembre de 1865: que sólo los obreros manuales formaran parte de la Internacional. En plan de concesiones admitían que los intelectuales podían adherir a la Asociación pero que los delegados, en todo caso, deberían ser obreros manuales: Si nosotros admitimos aquí a hombres pertenecientes a otras clases sociales -argumentaba Tolain- no faltará quien diga que el Congreso no representa las aspiraciones de las clases trabajadoras, que no está hecho por los trabajadores; y creo que es útil demostrar al mundo que nosotros estamos lo suficientemente avanzados para poder obrar por cuenta propia. Este razonamiento, presentado en forma de proposición, fue rechazado por 25 votos contra 20. Los suizos, cuyas condiciones eran diferentes a las francesas ya que el deslinde entre obreros y no obreros se perdía en la nebulosa por las características del artesanado helvético, se dividieron cuando se trató de limitar la Asociación a la manualidad pura. Empero, y de acuerdo con la letra de los Estatutos, cada sección podía interpretar a su modo el escollo planteado por los franceses. El Artículo 8 decía: Cualquiera que adopte y defienda los principios de la Asociación puede ser recibido como miembro; pero será, en todo caso, bajo la responsabilidad de la sección que lo admita. Ahora bien, el reglamento que secundaba a los Estatutos y que fuera distribuido a las secciones de habla francesa, decía en su Artículo ll: Cada miembro de la Asociación Internacional es elector, todo elector es elegible si llena las condiciones determinadas por el reglamento particular de la sección a la cual pertenece. Lo que equivalía a decir que, al fin de cuentas, el reglamento particular prevalecía por encima del general.

La presencia de los intelectuales en el seno de la Internacional, posición defendida por los ingleses particularmente o su marginamiento como deseaban los franceses era de capital importancia -dice G. D. H. Cole-, pero tenía significación algo diferente para las delegaciones de los distintos países. Para los ingleses se trataba sencillamente de aceptar la ayuda de algunos pocos miembros de otra clase social, como Marx y un reducido número de simpatizantes pertenecientes a la clase media, con quienes los sindicatos obreros colaboraban en la Liga Nacional de Reforma ... Para los franceses, por otra parte, el problema estaba en si la masa grande y activa de los revolucionarios republicanos dirigida sobre todo por los miembros de la clase media, debería ser admitida en la Internacional que, de ser admitidos, quedaría casi seguramente dominada por ellos de inmediato, al menos en París. El grupo francés, que tomó parte en la fundación de la Internacional, trataba sobre todo, de construir un movimiento característicamente obrero, basado en la federación dentro de sindicatos locales de sociétés de résistence que se estaban organizando en los diferentes oficios. Este grupo quería que estas asociaciones puramente obreras sirviesen de contrapeso al movimiento republicano revolucionario de los intelectuales de la clase media y al mero émeutisme de los blanquistas y otros clubes revolucionarios; y éstos respondieron acusando a los sindicalistas de estar en alianza secreta con Napoleón III, en contra de la revolución. La Internacional misma tuvo que hacer averiguaciones de esta acusación, y la rechazó por no tener fundamento, lo que era cierto. Pero es verdad que los dirigentes franceses de la Internacional estaban mucho más interesados en las huelgas y en los movimientos económicos que en la política, y estaban decididos a evitar que los políticos radicales se apoderaran de su movimiento... (23). Lejos, empero, lo señalado hasta aquí, de significar un acuerdo unánime entre los franceses que estaban divididos entre sí en dos grupos, los moderados, dirigidos por Tolain, que deseaba organizar un movimiento político obrero a base de los sindicatos y luchar en las elecciones (24) con independencia completa de los radicales de la clase media, y el ala izquierda de los sindicatos, dirigida por Eugene Varlín, que no tenía fe en la acción parlamentaria y esperaba convertir a los sindicatos, a través de federaciones locales y regionales, en una fuerza revolucionaria independiente, lo bastante fuerte para arrebatar la dirección de la revolución a los radicales de la clase media (25). Instintivamente, pues, tanto la fracción mayoritaria de Tolain como la minoritaria y ya abiertamente anarquista de Varlín, se oponían a la presencia del intelectual, la mayoría de los cuales integraba la clase media. Esta oposición fue justificada, en un momento de sinceridad, por Marx en una carta que le dirigiera a Engels el 25 de Febrero de 1865: ... los obreros parece que buscan a excluir a todo hombre de letras, lo que es, sin embargo, absurdo ya que los necesitan en la prensa; pero es excusable, vistas las traiciones continuas de los intelectuales.

Las dos corrientes que perennemente se disputaran la hegemonía de la Internacional, la autoritaria y la libertaria, se esbozan inicialmente en los aspectos apuntados más arriba. La corriente sajona es partidaria de la integración de los elementos heterogéneos, la corriente gala desea mantener la homogeneidad en base a integrar la Internacional con trabajadores exclusivamente. Por algo el secretariado parisino se ve compuesto de trabajadores solamente; Tolain es cincelador, Varlín encuadernador, Fribourg grabador,Limousin marcador, Oelorme zapatero, Debock tipógrafo, Delahaye cerrajero, Heligon trabaja en papeles pintados, Bourdon grabador de armas, Bellamy fontanero, Mollin dorador, Laplanche carrocero, Fournain óptico, Culetin zurrador, PerrachonCarmelinat y Guyardmontadores.

Las luchas que posteriormente se trabaron en el seno de la Asociación entre Marx y Bakunín han mermado para los historiadores la importancia de esta primera disconformidad suscitada en la conferencia de Londres en 1865 y posteriormente en Ginebra con motivo de la discusión de los Estatutos de la Internacional.

Pocos se han parado a meditar la evolución que habría tomado la Internacional de Trabajadores si la misma hubiera acordado marginar a los que no lo eran. Por lo pronto las disputas personalistas entre Marx y Bakunín que tan mala impresión causaran a Anselmo Lorenzo (26) y a cuantos lograban mantenerse equidistantes del pugilato, no habrían tenido lugar. Si añadimos a ello que Marx enterró a la Primera Internacional en La Haya para que Bakunín no se la arrebatara, tendremos que deducir que en 1872 no habría ocurrido su muerte prematura. Las objeciones a este razonamiento podrían ser las que ponen de realce la contribución que aquellos dos gigantes de la sociología aportaron a la Asociación. Son objeciones muy discutibles porque la Internacional contaba con núcleos inquietos a la vez que inteligentes, como quedara probado a lo largo de sus congresos y actividades regionales, que habrían sabido vigorizarla, no gracias al artificialismo de la intelligentzia del Consejo General, el vértice de la organización, sino por la fortaleza y la actividad de las seccionales, su base.

En Ginebra, acuerdos concretos sobre todos los puntos del temario no fueron tomados. Los primeros congresos de la Internacional, más que comicios legislativos eran reuniones en las que se cambiaban impresiones y se esbozaban tácticas a ser discutidas posteriormente. El octavo punto, por ejemplo, que trataba sobre la opresión que Rusia ejercía contra Polonia había sido insertado en contra de la voluntad de los franceses que lo consideraban un tema político y no económico. En realidad, si se miran los demás puntos del Orden del Día, el octavo aparece como nota heterogénea. La conferencia de Londres acordó su inserción, pero en Ginebra, a pesar de que se condenó el despotismo ruso, los franceses lograron un colofón en el que la Internacional declaraba: Siendo los asistentes delegados a un congreso económico nada tiene que decir sobre la reconstitución política de Polonia.

Sobre los impuestos directos e indirectos el congreso declaró que en definitiva siempre era el productor quien pagaba por lo que aquellos no podrían ser justos hasta que todo el mundo fuera productor.

Sobre el Segundo punto el acuerdo se resumía así: El hombre sólo es libre con la condición de desarrollar todas sus facultades; en consecuencia, toda prolongación de trabajo que le incapacite para desenvolver y gozar de todas sus aptitudes, debe ser condenada como antifisiológica y antisocial.

Desde ahora, consideramos bastante el trabajo de 8 horas diarias, para la producción de los servicios necesarios a la vida.

Es decir, la Internacional, desde el mismo momento en que se consolida mediante su primer congreso, fija dos preceptos económicos que, en 1866 sobre todo, eran de verdadera avanzada social: todos deben ser productores y la jornada de labor no debe exceder a 8 horas.

Empero, lo que demuestra el largo alcance visual de los congresistas es la declaración según la cual los obreros deben ir más allá de la defensa y aumento de sus salarios: deben ir a su abolición:

El Congreso declara que en el estado actual de la industria, que es la guerra, debemos todos prestarnos mutua ayuda para la defensa de los salarios. Pero es su deber declarar también que existe un fin más elevado que debemos alcanzar; la supresión del salariado. El congreso recomienda el estudio de los medios económicos basados en la justicia y la reciprocidad.





Notas

(23) G. D. H. Cole. Op. Cit. Tomo II. pág. 106 y 107.

(24) Efectivamente, antes de que se fundara la Internacional y con motivo de las elecciones francesas complementarias que tenían que celebrarse el mes de marzo de 1864, sesenta obreros parisinos redactaron y publicaron un manifiesto que apareció en la edición de L 'Opíníon Nationale del 17 de febrero en el que se trata de justificar la participación de candidaturas obreras en las elecciones. El Manifiesto de los Sesenta, como ha quedado calificado después, era una extensa exposición en donde había puntos de coincidencia con el proudhonismo, pero donde también había discrepancias. El primer impulso de Proudhon fue más bien condenatorio: En el fondo ¿qué hay debajo de esto? bastante presunción, ambición, ignorancia, hasta espíritu intrigante y poca moral. Todos estos miembros de sociedad de crédito mutual y de delegados a la Exposición de Londres me parece que están solicitando suscripciones y delegaciones del gobierno... Se le ha mimado mediante elogios insulsos; se lo toman en serio, se codean con la burguesía y le dicen: ¡Queremos un puesto! (Carta a Larramat del 29 de febrero de 1864). Sin embargo, 8 días después, Proudhon escribía en el mismo periódico L´Opiníon Nationale (8 de marzo de 1864): Seguramente que me regocijo del despertar de la idea socialista... Ciertamente que soy de vuestra opinión (a los obreros) y de la de los 60, de que la clase obrera no está representada y debe estarlo. ¿Cómo podría profesar otra opinión? La representación obrera ¿no es acaso hoy como en 1848... la afirmación del socialismo?

La originalidad del Manifiesto de los Sesenta frente al de Los Iguales y al Manifiesto Comunista estriba, según Maxime Leroy,prologuísta de La Capacíté politique des Classes Ouvríeres (Paris 1927) en que: Mientras los autores de los otros manifiestos pertenecían a las clases dichas privilegiadas, los autores del de los 60 eran trabajadores.

(25) G. D. H. Cole OpCít. Tomo II, pág. 107.

(26) Puede asegurarse que toda la substancia de aquella Conferencia (Londres 1871) se redujo a afirmar el predominio de un hombre allí presente, Carlos Marx contra el que se supuso pretendía ejercer otro, Miguel Bakuonine, ausente. Anselmo Lorenzo. EI ProletariadoMilitantepág. 165. México s/d.

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