Carta de Bakunin a Tomas González Morago


A modo de introducción
Es prácticamente la última relación escrita entre Bakunin y los compañeros de España porque luegoBakunin se entregó al movimiento eslavo y en especial ruso.
Como siempre hay partes que parecen describir la realidad de 2009 en muchas partes del mundo: [las masas] Están aplastadas por una labor embrutecedora y por el hambre, y pienso que esa indiferencia profunda que muestran hoy por las ideas tanto políticas como filosóficas y su preocupación exclusiva por lo que los idealistas burgueses con su vientre siempre lleno y su querido cuerpo agradablemente mimado, denominan los "viles intereses materiales". Pienso que esa indiferencia y esa preocupación hoy dominantes entre las masas, lejos de que se les pueda reprochar, deben al contrario considerarse como una prueba de su justo instinto y de su gran buen sentido natural. En efecto la emancipación material o económica es la gran base, la base única y primera de todas sus otras emancipaciones..
Y también Bakunin propone modos de acción totalmente actuales:  La organización de la lucha internacional, económica, práctica, diaria del trabajo contra el capital, este es el único objetivo explícito, la única ley obligatoria, suprema de la Internacional. Quien no quiera someterse a todas las consecuencias prácticas de la solidaridad en esa lucha, debe salir o ser expulsado de la Internacional. Mas quien las acepte y las observe, es de derecho miembro de la misma. Esta solidaridad es completamente independiente de las diferentes corrientes políticas y filosóficas seguidas por las masas obreras en diferentes países. Si los obreros de Alemania, por ejemplo, van a la huelga, si se rebelan contra los burgueses explotadores, ustedes no les van a preguntar si creen en dios o si no creen en él, si están por el Estado o en contra. Ustedes les apoyarán en la medida de sus fuerzas porque son trabajadores sublevados contra sus explotadores. Que los obreros alemanes hagan la misma cosa que ustedes, sin pedirles primero su credo político o religioso, y la unidad de la Internacional será fundado, porque se funda únicamente en la solidaridad económica, no política ni filosófica, de los trabajadores de todos los países.
Por supuesto, no lo aplican los reformistas y talibanes ateos o no de cualquier etiqueta. Así se explica que en muchas partes, el movimiento libertario está fuera del alcance de los explotados.
Para la lucha clandestina, Bakunin evoca evidencias que muchos compañeros aplicaron (el grupo deDurrutiAscaso, etc.; Resistencia Libertaria en Argentina).
Frank, 25.01.2009
Carta de Bakunin a Tomas González Morago
Paulo, [González Morago (1)] Este 21 de mayo de 1872, Locarno [Suiza].
Estimado Hermano. Tengo el derecho de llamarle con este nombre [ilegible] primero como uno de los más antiguos hermanos fundadores de la Alianza, y luego como el amigo más íntimo, el verdadero hermano del que llamamos Christophe [Fanelli] y que, mandado por nosotros, vino a fines de octubre de 1861 [1868] de Ginebra a España, y fue en realidad el primer fundador tanto de la Internacional como de la Alianza, primero en Madrid, más tarde en Barcelona.
Si usted ha oído hablar mal de mí, y sé que la camarilla autoritaria y gubernamental, diré muy simplemente reaccionaria de Marx, aprovechando de su posición oficial en el Consejo General de Londres y de los medios de propaganda que la Internacional le da [si bien (2)] no para intrigar contra sus adversarios y en favor de esa dictadura que ambiciona y codicia, sé, digo que esa camarilla me está calumniando del modo más injurioso, a mí y a mis amigos, al fin a cuantos no quieren aceptar ni su sistema ni su dictadura; propagando en cuanto a sus personas las mentiras más odiosas y más ridículas, no sólo en España, sino en todos los otros países. Sé que el señor Lafargue, yerno de Marx y Comisario Extraordinario en España, al parecer mandado allá para sembrar la discordia y la desorganización en la región española, sé que él me presentó a los compañeros españoles bajo los colores más sombríos. Pero tengo tan alta [idea] del buen sentido de usted, de su instinto revolucionario, de su entrega impersonal a [ilegible] nuestro gran principio y a nuestra gran causa, su justicia al fin y su perspicacia, [que espero] que usted entendió que aquellos hombres a quienes injurian señores como Lafargue y como los protectores y directores de Lafargue, no pueden ser malos. Por fin, si necesito todavía una recomendación cerca de usted, tengo la seguridad de que los amigos que le remitirán esta carta y en quienes usted debe depositar su confianza, no me negarán la suya. Le voy pues a hablar con toda la confianza y con toda la autoridad de un [ilegible] hermano.
Una muy triste noticia nos llegó: la Alianza en Madrid como en Barcelona se está disolviendo, y en parte ya está disuelta. Consideramos esta disolución como una gran desgracia, desde el punto de vista de la solidaridad revolucionaria de todos los países, y son grandes culpables quienes fueron la causa de esta disolución y de la publicación de los secretos de la Alianza, de su misma existencia que debe quedar secreta e invisible siempre; y ninguno de nosotros podría traicionarla sin deshonorarse y sin violar el supremo deber que nos comprometimos mutuamente cumplir.
Mas no es para expresar inútiles quejas que le escribo esta carta, estimado hermano;,es para decirle que los verdaderos culpables, quienes traicionaron a la Alianza por maldad y por una incurable debilidad deben ser alejados de ella para siempre, y los buenos, los enérgicos, los inteligentes, los dedicados, los cuidadosos, los impersonales, quienes no buscan su gloria sino el triunfo de la revolución, quienes son capaces de anular su individualidad en el pensamiento y en la acción colectiva, los apasionados hasta la muerte y al mismo tiempo los discretos, estos deben reconstituir la Alianza, imponiéndose una ley suprema: la de admitir únicamente a hombres muy serios, tanto desde el punto de vista de la inteligencia como de la pasión revolucionaria, y sobre todo desde el punto de vista del carácter templado.
En ese plano la disolución que tuvo lugar en algunos centros de España puede considerarse de algún modo como afortunada, puesto que permite que se reconstituya la Alianza en su país sobre nuevas bases, mucho más serias que antes. Dado que sus grupos se pudieron disolver, es una prueba que fueron reclutados con demasiada ligereza y mal conformados. Le propongo pues adoptar en adelante e imponerse una regla que pasó en la práctica de los grupos de la Alianza de todos los países y cuyos efectos benéficos sienten cada día estos grupos. Esta regla es que cada grupo, cada sección de grupos sólo reciba en adelante en su seno porunanimidad a un miembro nuevo, nunca con la única mayoría de votos, o sea de todos los miembros que integren esta sección o este grupo. Si son nada más que dos, [ilegible] ustedes sólo deben aceptar a un tercero si ambos están perfectamente de acuerdo e igualmente convencidos de la utilidad, de la inteligencia, la entrega, energía y discreción que les aportará. Y para esta elección, nunca deben dejarse dirigir por ninguna otra consideración que el único programa de la Alianza, la concordancia perfecta de sus sentimientos e ideas con ese programa, y su capacidad real de servirles con energía, con discreción y con constancia y prudencia, y su capacidad sobre todo de renunciar para siempre jamás a cualquier iniciativa individual aislada, subordinando siempre su propia acción a la voluntad colectiva, capacidad que los vanidosos y ambiciosos nunca tienen. En efecto, lo que buscan a menudo sin sospecharlo ellos mismos, buscándolo en cuantas colectividades ya sea públicas ya sea secretas que encuentren, es un pedestal para sí mismos, un estribo para su vanagloria o ascenso personal. Por esto, nos impusimos esta ley de no recibir nunca en nuestro sanctasanctórum, en nuestra intimidad y fraternidad colectiva a ningún ambicioso ni a ningún vanidosopor conformes que sean sus ideas y sus tendencias apasionadas con las nuestras, por inteligentes y cuerdos que sean y por grande que podría ser la utilidad que sus relaciones e influencia en el mundo pudieran aportarnos. Antes quisiéramos prescindir de ellas que recibirlas entre nosotros, por la certeza que la ambición o la vanidad de ellos no dejarían de sembrar entre nosotros, tarde o temprano, los gérmenes de la división y de la desorganización. Ellos desearían convertirse en jefes, directores, amos, y no reconocemos a ninguno entre nosotros y ni como socialistas revolucionarios los debemos reconocer. Puede y debe ser nuestro quien sea capaz de sumergirse individual y completamente en la solidaridad fraterna y en la acción colectiva de los aliados, no para ser un esclavo, sino al contrario para templarse y encontrarse fuerte, libre, inteligente, por la fuerza, por la libertad, por la inteligencia y por la asistencia siempre activa y por todas partes presente de todos.
Nuestro objetivo es crear una colectividad revolucionaria poderosa pero siempre invisible; una colectividad que debe preparar la revolución y dirigirla, pero que nunca, aún en plena revolución, ocupará [el lugar de la misma], ni ninguno de sus miembros una posición oficial cualquiera, pública o gubernamental, puesto que no tiene otra finalidad que derrocar todos les gobiernos y hacer que se vuelvan para siempre y por doquier imposibles, dejando al movimiento revolucionario de las masas su pleno desarrollo y a su organización social, desde abajo hacia arriba, por la vía de la federación espontánea, la libertad más absoluta. Pero ella estará velando siempre porque ese movimiento y esa organización no puedan nunca reconstituir autoridades, gobiernos, Estados, y combatiendo todas las ambiciones tanto colectivas (camarillas del tipo de la de Marx) como individuales con la influencia natural, nunca oficial, de todos los miembros de nuestra Alianza, desparramados por todos los países, y poderosos únicamente por su acción solidaria y por la unidad del programa y las finalidades que tienen que existir siempre entre ambos.
Ustedes entienden ahora que para ser un digno miembro de la Alianza, es preciso tener mucho carácter y una seria pasión revolucionaria, con el diablo en el cuerpo ante todo, y luego hay que haber renunciado absolutamente y para siempre a cualquier interés, vanidad, ambición, carrera y gloria individual. ¿Se siente usted capaz de esto? Entonces denos la mano.
Tengo amigos muy queridos, a quienes quiero desde lo profundo de mi corazón, que estimo mucho como hombres privados o incluso públicos, pero a quienes nunca aceptaría como miembros de la Alianza; porque les falta ya sea una, ya sea las condiciones que acabo de enumerar. En cuanto a los ambiciosos y vanidosos, los hay que nos pueden prestar grandes servicios, y hay que saber utilizarles. ¿Pero sabe usted cómo? Ejerciendo sobre ellos la influencia deseada por tal o tal de nuestros hermanos que haya recibido la misión especial de atenderles, formar incluso con ellos, de ser necesario, alguna organización ya sea pública ya sea secreta; organización que ellos llevarán y dirigirán en realidad, subordinándola de hecho a la Alianza, pero en la que aparentarán jugar un papel subordinado bajo la dirección de los vanidosos y ambiciosos, algo sumamente difícil, que muy pocos hombres son capaces de hacer. Y por lo tanto sólo se tendrá que llevar a cabo en los casos más raros, más extraordinarios, y cuando de veras valga la pena y cuando tengamos hombres realmente capaces de jugar, sin desmoralizarse ellos mismos, ese doble papel.
Para ejercer una acción útil sobre los ambiciosos y los vanidosos influyentes, brillantes y poderosos, ya sea por su posición, ya sea por sus talentos, sólo existe un medio seguro: dejarles siempre la apariencia de la iniciativa, el honor de la invención, el rol brillante y glorioso, reservando no para sí, sino para la Alianza en su totalidad, la realidad de la acción y de la fuerza. Suele ser un buen método, y al mismo tiempo una excelente práctica para la virtud de la abnegación personal, el persuadir a la gente a la que se inspiró una buena idea, que ella la inventó y que usted la recibió de ella. Pero se lo repito, todo eso es sumamente difícil y podrá practicarse sin peligro únicamente dentro de un grupo que se constituyó tan fuertemente y se moralizó a sí mismo, que ya no tiene más que temer ni para su propia moralidad ni para la de ninguno de sus miembros. Y la primera condición de esa moralidad de cada uno y de todos, es la completa transparencia de cada uno para todos, transparencia que abarca tanto la vida privada como pública de todos. Es necesario que todos los aliados, sea lo que sea el grado de organización en que estén, todos los que se conocen por lo menos y que deben vivir, pensar y actuar juntos, siempre en común, es necesario que se hagan realmente hermanos, teniendo todos fe y confianza en cada uno y cada uno en todos. Únicamente se puede lograr con una verdadera y continua práctica de la acción colectiva. Al principio, ya se puede prometer y tener la muy seria intención de conseguirlo, pero sólo se llega a serlo por ese ejercicio cotidiano de la colectividad, ejercicio por el que nos acostumbramos de un lado a conocernos y a querernos y confiar uno en el otro y apoyarnos uno a otro, y por otro lado a pensar y actuar únicamente juntos. Cada uno trae a la colectividad lo mejor que tiene como pensamiento, de modo que una vez expresado un pensamiento por el individuo y aceptado por la colectividad, se haga enseguida un pensamiento, no suyo sino colectivo. Inflexibles para cuanto se relaciona con nuestro principio, nuestra ley suprema, nuestra moralidad, la transparencia y la solidaridad mutua en todas las empresas y acciones; inflexibles para cuanto afecte al interés común de la Alianza, debemos ser muy indulgentes los unos para con los demás, en efecto todos, estamos llenos de debilidades, necedades, carencias, defectos en tanto que individuos aislados y por eso mismo reconocemos la necesidad de vivir y obrar colectivamente. Nuestra mente, nuestra fuerza no está en cada uno de nosotros tomado aisladamente, sino en nuestra fraternidad, en nuestro conjunto. Debemos pues perdonarnos mucho, siempre que la Alianza no sufra nunca. Y si encontramos que uno de nuestros hermanos obró mal, jamás debemos propagar chismes a espaldas suyas, tenemos que decírselo ante todos los hermanos, diciéndoselo con fraternidad, sin maldad, sin segundos pensamientos y sin triunfo de vanagloria. Una vez que nos hayamos acostumbrado a observar esta regla suprema, condición absoluta de una fraternidad constante y seria, nos convertiremos en hermanos, y cuando nos hayamos vuelto tales, con nuestro programa que es la más justa y la más completa expresión de los verdaderos, de los más profundos instintos y aspiraciones populares, habremos creado una [unidad] de trabajo de acuerdo a sus capacidades y disposiciones personales, en cuyo seno al fin cada uno se vuelve fuerte con la inteligencia y la potencia solidaria, la moralidad solidaria de todos. Inflexibles para cuanto se vincule a los intereses, al 4572 [programas], y al objetivo supremo del Y, debemos pues ser muy indulgentes los unos para con los otros, si encontramos que uno de nuestros hermanos obró mal, jamás debemos propagar chismes a espaldas suyas, tenemos que decírselo o a solas a él mismo, o de estar en causa el interés del Y., ante todos los otros hermanos, francamente, fraternamente, sin herirle nunca en su dignidad, sin maldad, sin segundo pensamiento vanidoso, sin triunfo de amor propio. Ya habituados a practicar esa regla solidaria, condición seria de una fraternidad real, tendremos el derecho de llamarnos hermanos, y ya vuelto tales hermanos, con nuestro programa que es la fiel expresión de los verdaderos instintos populares, constituiremos una potencia por menguado que sea nuestro número.
Pero para poder comenzar esa práctica de la fraternidad entre nosotros, primero es necesario que hagamos buenas elecciones y no aceptemos a individuos que por una razón u otra son incapaces. Es necesario no engañarse más; y para que nuevos errores en la elección de los hombres se vuelvan muy difíciles, muy escasos, hasta para siempre imposibles, es preciso que todos adoptemos esa ley de la elección por unanimidad. Es evidente que [tal] método hace el reclutamiento muy difícil y la extensión del Y. muy lenta; pero asegura la solidez, la seguridad, el carácter serio, o sea las tres condiciones sin las cuales Y. sólo sería una muy mala y muy peligrosa burla. Por lo demás, como deseamos únicamente una revolución popular, una revolución no sólo a favor del pueblo, sino exclusivamente por el pueblo, nuestro ejército es el pueblo, y sólo necesitamos organizar una plana mayor que le pueda auxiliar a organizarse. No buscaremos por consiguiente el gran número, sino la buena cualidad de los hermanos y la solidez y la sinceridad de su alianza fraterna.
***
Al ayudarles a ustedes a colocar los primeros cimientos, tanto de A. como de Y. [Alianza] en 7896 [en España], Christophe [Fanelli] cometió una equivocación muy [grave] de organización cuyos efectos están sintiéndose ahora. Confundió la Internacional con la Alianza y de ahí incitó a los amigos 3521 [Españoles], a fundar la Internacional con el programa de la Alianza. A primera vista pudo parecer un gran triunfo; en realidad se está convirtiendo en una causa de confusión y de mala organización para una como para otra.
La Internacional y la Alianza no son de ninguna manera enemigas como quisiera hacerlo creer a todo el mundo la sinagoga del todo marxiana (3) de Londres (4). Al contrario la Alianza es el necesario complemento de la Internacional, complemento sin el cual toda la Internacional, transformada ella misma en una suerte de Estado internacional, monstruoso, con un gobierno muy autoritario, con la dictadura de Marx, se vería convertida, como la camarilla marxiana tiende a serlo evidentemente hoy en día, en un instrumento complaciente para la realización de proyectos ambiciosos y por lo tanto muy contrarios a la emancipación real de las masas populares. Más la Internacional y la Alianza, si bien apuntan al mismo objetivo final, persiguen al mismo tiempo metas diferentes: una tiene como misión reunir a las masas obreras, a los millones de trabajadores, a través de las diferencias de oficios y países, a través de las fronteras de todos los Estados, en un único cuerpo inmenso y compacto; la otra, la Alianza, tiene como misión dar a esas masas una dirección realmente revolucionaria. Los programas de una y otra, sin ser contrapuesta de ningún modo, son distintos por el mismo grado de su desarrollo respectivo. El de la Internacional, si se lo contempla sólo en serio, contiene en germen, pero únicamente en germen, todo el programa de la Alianza. El programa de la Alianza es la explicación última del de la Internacional.
Si los fundadores de la Internacional hubieran dado a esa gran Asociación una doctrina política, socialista, filosófica, determinada y positiva, habrían cometido una gran equivocación. Habrían fundado una muy pequeña asociación, una secta, no el baluarte del proletariado del mundo entero contra las clases dominantes y explotadoras. ¡Qué idea socialista, política y filosófica sería hoy por hoy capaz de aunar bajo su bandera a millones de proletarios de todos los países! Con una doctrina positiva se llegaría a reunir a lo sumo a algunos millares, ni siquiera. Mazzini dijo: "los intereses dividen, las ideas reúnen." Que los intereses dividen a los burgueses entre ellos es perfectamente verdadero. Pero no es verdadero que las ideas les unen mucho. En cuanto al proletariado, son al contrario los intereses o antes el único gran interés del pan y de la emancipación, idénticos en todos los países y todos los grados de civilización y desarrollo intelectual y moral, que sólo es capaz de unirlo en una masa compacta. En cuanto a las ideas, como ideas, es decir en tanto que desarrollos teóricos, reconozcámoslo estimado amigo, excepto aquellos muy raros momentos de la historia en que las masas llevadas por la ebullición de las pasiones revolucionaria se elevan hasta ellas, en su vida de cada día, bajo el peso de las privaciones, del trabajo forzado y de sus cotidianas preocupaciones que las agobian, las masas, repito, [son] absolutamente indiferentes para con ellas, cuando no hostiles. No se debe reprochárselo: están mantenidas en una ignorancia crasa, sistemáticamente cultivada por todos los gobiernos en favor de las clases privilegiadas. Están aplastadas por una labor embrutecedora y por el hambre, y pienso que esa indiferencia profunda que muestran hoy por las ideas tanto políticas como filosóficas y su preocupación exclusiva por lo que los idealistas burgueses con su vientre siempre lleno y su querido cuerpo agradablemente mimado, denominan los "viles intereses materiales". Pienso que esa indiferencia y esa preocupación hoy dominantes entre las masas, lejos de que se les pueda reprochar, deben al contrario considerarse como una prueba de su justo instinto y de su gran buen sentido natural. En efecto la emancipación material o económica es la gran base, la base única y primera de todas sus otras emancipaciones.
El gran mérito de los fundadores de la Internacional y del Congreso de Ginebra (septiembre de 1868) fue el haberlo comprendido y haberlo transformado en la base de todo el programa de nuestra gran Asociación. Si se hubiera puesto en ese programa, el ateísmo, el materialismo, por cierto se habría excluido de la Internacional a millones de trabajadores muy serios, o sea muy agobiados, muy miserables. No es que el pueblo sea realmente religioso; compruebo al contrario con satisfacción, que lo es cada día menos en todos los países; [pero] lo que llama o lo que cree ser su religión, es de un lado el producto de una tradición maquinal, rutinaria, una mala costumbre de su mente colectiva; y más aún, es una protesta instintiva, enérgica, del todo práctica contra las estrecheces y las miserias de su existencia actual. Que la revolución social le abra un amplio horizonte en la tierra y ya no pensará en el cielo. Les masas no son pues realmente religiosas, sino que se imaginan serlo y el ateísmo formulado de modo explícito asusta su imaginación. Otro tanto sucede con las ideas políticas y socialistas reaccionarias que dominan todavía en la imaginación popular. El proletariado por instinto aborrece la autoridad del Estado, la detesta en todas sus manifestaciones posibles, pero de atacar ustedes la Iglesia y el Estado, el proletariado no les comprenderá, e incluso a menudo, se sublevará contra ustedes, por rutina, se aferra a ideas que son contrarias a sus propios instintos. El pueblo está acostumbrado a la Autoridad ya sea de la Iglesia, ya sea del Estado, autoridad de que siempre es la víctima, pero que aprecia, como en muchos matrimonios la mujer con los golpes que le propina su esposo. Es un hábito de esclavo, e infelizmente, las masas conservan todavía no pocos vestigios de esa detestable habitud. Para que se cure, sólo hay un medio: es la revolución social, el verdadero desahogo de las masas. Únicamente entonces comprenderán las masas todas las ideas cuyos gérmenes están incubando en sus instintos, y es entonces cuando abrazarán con pasión, como fiel expresión de sus propias aspiraciones, todo el programa de la Alianza. Pero impongan ustedes el programa de la Alianza a la Internacional, y la Internacional ya no tendrá en su seno, en toda Europa, más que apenas dos o tres mil miembros. Serán, de verdad, miembros valiosos, los más desenvueltos, los más enérgicos y más sinceros revolucionarios socialistas de Europa. ¿Pero qué son tres mil hombres en presencia de la potencia coaligada de las clases ricas y del Estado, de todos los Estados? Una absoluta impotencia. Esa coalición formidable de la reacción y de la explotación no puede ser quebrada sino por la potencia organizada de las masas, de todos los millones de proletarios, y por supuesto esos millones no aceptarán hoy el programa socialista y filosófico de la Alianza.
Tampoco aceptarán el programa marxiano que amén de su carácter científico y abstracto, presenta aún ese terrible inconveniente de tender a la fundación de nuevos Estados populares, es decir nuevas cárceles y nuevos tutores para el pueblo, cuanto más opresivos que le oprimirán en nombre de la voluntad soberana del pueblo.
Ese programa de comunismo autoritario, esa idea de la emancipación de las masas y de la organización de la justicia y de la Igualdad por el Estado, parece ser no obstante más o menos aceptado hoy en día por los ingleses, los norteamericanos, los alemanes, sobre todo porque satisface mucho las aspiraciones pangermánicas. En cambio es enérgicamente rechazada por el instinto revolucionario de los pueblos latinos, francés, belga, español, italiano, así como por todos los pueblos eslavos, que parecen haber hallado en el acontecimiento revolucionario de la Comuna de París su bandera común ... ¿Cómo hacer entonces? ¿Habrá que establecer dos Internacionales? ¿Una germánica, otra latino-eslava? Será una gran desgracia y un triunfo seguro para los burgueses de todas las razas y todos los países. Sería la desorganización del proletariado, la introducción de la guerra civil en su seno, y todo eso muy a favor de la burguesía. ¿Existe una posibilidad de conciliar el programa marxiano con el nuestro? No, porque se excluyen. Esa conciliación es por tanto imposible. ¿Habrá por fin, por el amor de la paz y salvar la unidad de la Internacional, que sacrificar uno de esos programas por el otro? Y como son los alemanes quienes tienden a la dominación, no los latinos ni los eslavos, ¿habrá que sufrir el yugo de las ideas germánicas, un yugo que no podría tener otro resultado que el decaimiento y la supeditación de las razas (5) latina y eslava, o una guerra de raza terrible? Basta con hacer esa pregunta para que se resuelva entre nosotros todos en un sentido completamente negativo.
Por consiguiente ni conciliación, porque esta es imposible, ni sumisión, porque es indignante y mortal, ni división, porque hay que salvar la unidad de la Internacional, condición suprema del triunfo del proletariado en su lucha contra la burguesía. ¿Qué hacer entonces? Hay que buscar esa unidad donde se encuentra, y no allí donde no puede estar. Hay que buscarla no en teorías ya sea políticas, ya sea filosóficas, sino en las aspiraciones solidarias del proletariado de todos los países en la emancipación material o económica. En el terreno de la lucha económica, práctica diaria del trabajo explotado por el capital.
No me cansaré nunca de repetirlo. Es el objetivo, la única meta de la organización, y el programa único de la Internacional. Ese programa es del todo positivo, tan positivo y simple que no hay proletario un tanto desenvuelto y por muy imbuido de prejuicios religiosos y políticos que sea, que no pueda, que no deba comprenderlo y abrazarlo con la más gran pasión. Todo proletario, a menos que sea uno de esos obreros-burgueses que con razón o error espera poder alzarse encima de la masa, sea con su trabajo, sea con su política, para convertirse en dominador y explotador a su vez. Todo trabajador serio debe maldecir las condiciones de su existencia y debe aspirar a su emancipación. Debe aborrecer a sus explotadores y a sus opresores. Si no manifiesta esa aspiración y ese odio, es que se cree incapaz para realizar una y satisfacer la otra. Enséñenle que solidarizándose con todos sus compañeros de esclavitud y miseria, puede darse un poder, organizarlo, y se lanzará con pasión en esa lucha económica que la Internacional tiene precisamente por misión organizar. Y en efecto, según nuestros estatutos generales, no se pregunta a nadie qué es su religión y su política, sino a cada uno esa única cosa: ¿quiere comprometerse a cumplir con todas sus consecuencias la solidaridad de la lucha económica de los trabajadores contra sus explotadores? Si acepta, se convierte de hecho en un miembro de la Internacional, que, lo repito, no tiene otra misión que la de organizar aquella lucha, federalizando y solidarizando a través de las diferencias de oficios y de fronteras de los Estados las cajas de resistencia y las huelgas.
Tal es el lado serio, positivo, el único verdaderamente obligatorio de la Internacional; todo el resto, todas esas cuestiones de organización social y política del porvenir que se discuten en nuestros congresos, tales como la instrucción integral, la abolición de los Estados o la emancipación del proletariado por el Estado, la emancipación de la mujer, la propiedad colectiva, la abolición del derecho de herencia, el ateísmo, el materialismo o el deísmo, todo eso constituye sin duda cuestiones muy interesantes y su discusión es muy útil para el desarrollo intelectual y moral del proletariado. Pero ningún congreso tiene la posibilidad o el poder de resolverlas de una manera absoluta, ni imponer sus resoluciones como artículos de un programa obligatorio sea para las secciones, sea individualmente para sus miembros. No lo pueden, no lo desean, porque al hacerlo proclamarán verdades absolutas, un disparate, e impondrían por la votación artificial de una mayoría facticia y necesariamente variable, una verdad oficial, una monstruosidad. La organización de la lucha internacional, económica, práctica, diaria del trabajo contra el capital, este es el único objetivo explícito, la única ley obligatoria, suprema de la Internacional. Quien no quiera someterse a todas las consecuencias prácticas de la solidaridad en esa lucha, debe salir o ser expulsado de la Internacional. Más quien las acepte y las observe, es de derecho miembro de la misma. Esta solidaridad es completamente independiente de las diferentes corrientes políticas y filosóficas seguidas por las masas obreras en diferentes países. Si los obreros de Alemania, por ejemplo, van a la huelga, si se rebelan contra los burgueses explotadores, ustedes no les van a preguntar si creen en dios o si no creen en él, si están por el Estado o en contra. Ustedes les apoyarán en la medida de sus fuerzas porque son trabajadores sublevados contra sus explotadores. Que los obreros alemanes hagan la misma cosa que ustedes, sin pedirles primero su credo político o religioso, y la unidad de la Internacional será fundado, porque se funda únicamente en la solidaridad económica, no política ni filosófica, de los trabajadores de todos los países.
A quienes me hagan la observación de que empequeñezco el carácter de la Internacional, limitando su programa obligatorio y su objetivo a la organización de esa lucha exclusivamente económica, responderé que intentando introducir en ella una directiva política, socialista o filosófica uniforme y obligatoria para todos, se la destruye, se la mata. Y les desafío a ustedes formular cualquier doctrina explícita que pueda reunir bajo su bandera a millones, que digo, sólo a decenas de millares de trabajadores. Y a menos de imponer las creencias de una secta a todas las otras, se llegará a la creación de una multitud de sectas, o sea a la organización de una verdadera anarquía en el seno del proletariado por el mayor triunfo de las clases explotadoras...
¿Creen ustedes que es una cosa pequeña solidarizar a las masas en la lucha económica? Esa solidaridad produce ya en la actualidad resultados inmensos. Primero provoca un abismo entre la burguesía y el proletariado, y de ahí empuja el proletariado a la revolución. En segundo lugar da al proletariado, por la práctica de la acción y de la lucha colectiva, el sentimiento, el pensamiento y la fuerza, una educación y una instrucción socialista, no vertidas en él a dosis pequeñas desde arriba, sino que se desarrollan espontáneamente, ampliamente, en el mismo seno de las masas, iluminadas por la pasión y el pensamiento colectivos... ella desarrolla en las masas, por una práctica diaria, el pensamiento de la justicia, la igualdad y la gran libertad popular, incompatible con la autoridad de sea lo que sean los tutores y doctores. Esto es lo que hace nuestra gran Asociación, está preparando el terreno para la revolución internacional y social.
En ese tan amplio terreno, todas las ideas, todas las doctrinas deben tener plena libertad para producirse, las teorías autoritarias de Marx, tanto como nuestras teorías anárquicas; siempre que no tengan la demente y odiosa pretensión de imponerse como una verdad oficial, y que ninguna provoque el menor atentado a aquella solidaridad práctica del proletariado de países diferentes en la lucha económica. Eso es lo que los hombres de la Alianza reclamábamos siempre y que reclamamos todavía hoy, contra las pretensiones autoritarias, oficiales, dictatoriales del Consejo general de Londres cada vez más dominado por la camarilla marxiana.
En ese terreno de la Internacional, con nuestro programa revolucionario explícito, organizamos la revolución. No imponemos nuestro programa a nadie, pero lo propagamos libremente, con la certeza que es el único que puede realizar la completa emancipación, tanto económica como política y social del proletariado. Además, como sabemos que la organización del poder popular no se puede hacer por la propaganda teórica únicamente, que reclama la organización y la alianza de los caracteres y de las voluntades revolucionarias, constituidos en una suerte de plana mayor revolucionaria, hemos formado en el seno mismo de la Internacional nuestra alianza secreta. La Conferencia de Londres, preparada y dirigida por Marx fulminó un anatema contra las sociedades secretas. Es un anatema hipócrita. Los marxianos saben tanto como nosotros que la Internacional pública, la Internacional propiamente dicha es excelente sin duda para agitar, para revolucionar a las masas; pero en sí es incapaz de organizar la potencia popular, esta última instancia en todas las luchas sociales, y por eso hace falta una organización secreta. Pero como ellos siguen principios y como persiguen un objetivo directamente contrapuestos a los nuestros, quieren en la Internacional una sociedad secreta muy opuesta a la nuestra y cuya dirección permanezca únicamente en sus manos. Esta sociedad existe desde 1847 y sobre todo desde 1848. Es la de los comunistas alemanes fundada por Marx y Engels y que nunca dejó de ejercer su propaganda oculta en la Internacional. Las resoluciones de la Conferencia de Londres no tuvieron otro objetivo que de entregarles, por el medio de los comités jerárquicamente organizados todo el gobierno de la Internacional (6).
Notas
Texto original en francés en el CD-R del IISG (Instituto Internacional de Historia Social) de Ámsterdam (texto inédito en castellano, NDT).
1)    Las partes entre corchetes explican las claves de Bakunin; otros momentos son palabras añadidas para facilitar la comprensión (NDT).
2)    A primera vista falta un sino (o un mais en francés), intercalé el si bien porque la idea es que la AIT no permite propagar la calumnia, pero Marx abusa de su cargo para sus intereses personales a expensas de los colectivo (NDT).
3)    marxiano, porque el término marxista no se usaba aún (NDT).
4)    Sobre el antisemitismo de Bakunin contra Marx, [] entre las acusaciones dirigidas por Bakouninecontra Marx descuella como motivo especial de odio las circunstancias de que Marx era judío. Esto, que contrariaba nuestros principios, que imponen la fraternidad sin distinción de razas ni de creencias, me produjo desastroso efecto, y dispuesto a decir la verdad, consigno esto a pesar del respeto y de la consideración que por muchos títulos merece la memoria de BakounineLorenzo Anselmo El Proletariado militante, Madrid, 2005, p. 204 (NDT).
5)    En la época, la palabra raza equivale a cultura y modo de vida (NDT).
6)    Así termina la carta.




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